jueves, 24 de enero de 2013

Me acuerdo de.... y tenía tres años. Capítulo 1º

El colegio: párvulos

De la vez que mi padre me llevó a la huerta, donde había estado trabajando, para ver a sus antiguos compañeros. Las veces que se lo referí a mi madre y a mi padre, ya de mayor, me decían que era imposible que me acordara siendo tan pequeño, hasta que les di los detalles y se convencieron.
De la primera vez que fui al colegio, a la clase de párvulos, todo contento pues me parecía que ya era muy mayor y porque llevaba un babi nuevecito, blanco, con rayas azul clarito cruzadas, formando cuadritos y con mi nombre bordado por mi madre en el bolsillo del pecho.

De cuando vi a mis dos "señoritas" -así se las llamaba entonces- por primera vez, una alta y gruesa, la otra baja y delgada.
De cuando me llevaron de la mano a la clase de párvulos y que cuando las vi se me quitaron las ganas de ir al colegio. Ya en días sucesivos fui enterándome bien de cómo eran, cómo actuaban con nosotros, los niños y niñas del parvulario, así de cómo iban vestidas.
La más alta, la gruesa, que aunque parecía la más joven no lo era, llevaba una rebeca de punto de color marrón, abrochada por tan sólo dos botones, ya que no tenía más, por encima de su prominente barriga. No recuerdo cuantos la faltaban, pero sí que había ojales que no confrontaban con ninguno.

De la cintura hasta justo sobre las rodillas, se tapaba con una falda azul marino de tubo -bastante tiempo más tarde supe que se llamaban así- con forma de saco y dada de sí en extremo a la altura de su voluminoso y alto trasero.
Calzaba zapatos altos, no de tacón, o botas cortas ortopédicas de color marrón tirando a rojo, muy sucias y torcidas hacia afuera, con los tacones y suelas bastante gastados por el lado exterior, debido, seguramente, a las malformaciones de los pies y de las piernas, pues era patiestevada.
Esto lo pude comprobar la primera vez que la vi moverse de “su sitio”; el sillón de asiento plano y respaldo de madera con reposabrazos, que estaba en un rincón, tras la mesa que cerraba el triángulo formado por ella y las dos paredes de la clase.

Decía lo de “su sitio”, pues parecía suyo, ya que allí nunca se sentó su hermana –la otra “señorita”-, aunque se encontrase desocupado el escaño en algunas ocasiones.
La cojera de aquella señora no me causó impresión, sino..., otras cosillas personales, ya que mi madre era coja desde la guerra civil, la del 36, como normalmente se refería a ella la gente.
Estando la familia en su casa, en la zona llamada de “las ocho casas”, en el barrio de La Estación de Pozuelo, cayó una bomba sobre ella y parte de la metralla que contenía la destrozó una rodilla a mi madre. A consecuencia de aquello y de llevar la escayola puesta hasta el final de la contienda, se le quedó la pierna rígida, no doblaba la rodilla –“Porque tengo la rodilla seca” -decía- y el pie no es que lo torciera al andar, pues siempre lo tenía algo torcido, gastando más la suela y el tacón por la parte exterior.

Llevaba también la “seño” unas medias muy tupidas de color... ¿Cómo diría yo...? ¿Carne sucia? ¡Bah! Es igual, el caso es que le iban desde la parte de debajo de las rodillas hasta desaparecer, casi por completo, en las botas. Y digo casi desaparecer, porque antes de llegar a ellas ya habían desaparecido algunos trozos, dejando al descubierto rodales de carne tanto en las pantorrillas como en los empeines y talones de los pies.
Para que no “se le cayesen”, las sujetaba con unas ligas negras retorcidas que se dejaban ver en algunos tramos por entre el dobladillo y otras sobre la carne, de tal, que le marcaban unos surcos rojos en la blancura de la piel.
Por debajo de la rebeca y sobresaliendo en algunos colgajos sobre la falda, mal vestía una blusa de un color indefinido, entre beige, crudo y blanco sucio. No recuerdo bien de cual color de los tres era, pero sí recuerdo que tenía tal cantidad de "lámparas" (léase manchas) que quizás por eso no lo recuerde, o no llegué a adivinarlo, ya que tan difícil cuestión requeriría valerse de la quiromancia, o ciencia similar, para dar con él.
Lucía una cara mofletuda, de carrillos caídos –papada se decía- con una curva insinuante, vestigio de que allí hubo barbilla en su parte inferior, con algún pelillo por aquí y otros por allá. Como pude ver en días sucesivos –y durante tres años más-, en sus "momentos trascendentales", se los arrancaba haciendo pinzas con las uñas, tentándose la cara con las yemas de los dedos para localizarlos, pues era ciega y de nada le habría servido un espejo.
Pero, ¿era ciega de verdad? Esto nos lo preguntábamos, pues para mirarte de frente ladeaba la cabeza a un lado y no recuerdo cuál. Tenía los dos ojos, eso por supuesto, pero semiopacos y uno de distinto color que el otro. Uno estaba casi blanco, con la pupila negra y pequeñita eso sí, pero con el iris de color gris claro. El otro, con el iris azul con manchas grises y negras y la pupila blanquecina.
El pelo entre color marrón y pelirrojo –“estropajoso” que diría mi madre- y veteado de tonos grisáceos, parecía el hisopo de una fregona mal puesta sobre la cabeza, pues llevaba una pinza en todo lo alto que asemejaba ser el sitio por donde empalmar el mango.
De vez en cuando comía un trozo de pan duro ya, pues lo llevaba en un bolsillo de la raída rebeca, de donde lo sacaba de vez en cuando para roerlo un poco y lo volvía a guardar.

La “seño” más baja y delgada, que parecía más vieja por su piel arrugada y por conforme vestía -iba de negro-, llevaba una rebeca de punto, con algo que parecían lunares, pero no lo eran; un vestido entero, y ..., tampoco eran lunares; unas medias –dos- que al igual que su hermana, y lo eran, pues aunque no se pareciesen, eran como dos gotas de agua pero de un charco, todo depende de que uno contuviera más barro que el otro, las llevaba por debajo de las rodillas, sujetas por dos ligas -¡Cielos, eran blancas!-, que igualmente hacían los guiños del Guadiana como las de su hermana.

Lo de vestido negro fue la primera impresión, ya que era el color que predominaba, pero con poca atención que se pusiese en ella -pues saltaba a la vista-, enseguida se veía que llevaba tantas "lámparas" encima o más que su hermana; las había amarillas, blancuzcas, marrones, pardas o de indefinible cromatismo, y tal vez negras, pero con el fondo negro, o al menos en algún momento lo fue, no recuerdo si las había, o lo mismo ni las vi.

La cara, bueno, típica, o tópica de bruja de cuento -esto lo averigüé más tarde cuando comencé a verlos y posteriormente leerlos-, tenía la barbilla picuda con un pelillo acá, otro allá, y que al igual que la hermana, disfrutaba de aquellos "momentos trascendentales", en los que aprovechaba para arrancárselos.

Tenía el labio inferior, bueno, y también el superior, hundidos para adentro de la boca, como si se los estuviese mordiendo; pero no, es que no tenía dientes.

Tenía una ligerilla pelusa –o algo más que pelusa-, por debajo de la nariz a modo de incipiente bigote. Incipiente, incipiente..., aquello tenía ya tantos años como ella y además tenía un ¿"lunarcillo"? con varios pelos un poco más largos, en la comisura de los labios.

Poseía unos ojillos almendrados o avellanados, no recuerdo bien el color -"cachis" con mi memoria-, pero sí recuerdo que eran pequeños y que veían muy bien. ¿Cómo no, si tenían que ver por las dos mujeres?

La frente era estrecha y surcada de arrugas, de modo que parecía que llevaba un trozo de pana gruesa pegado a ella. Y, ¡puaf! una verruga del tamaño de un garbanzo. Esto sí lo supe en el acto, pues en casa se comía cocido todos los días de laboreo y yo había aprendido a limpiarlos incluso, así que como para no conocerlos. Y tapando todo esto, más unas orejas que a mí se me hacían muy grandes -sería por aquello de "para oírte mejor"-, una melena lánguida, grisácea, colgante y despreocupada -o desatendida-, separada en el centro de la cúspide del cráneo por una línea, que parecía trazada por alguien con un pulso incapaz de enhebrar una aguja.

Cuando más me asombré fue cuando la vi masticar el agua. Sí, sí, masticar; pero, ¿cómo, si no tenía dientes? Más tarde, mi madre me dijo que sería por eso, por no tener dientes y me quedé aún más asombrado, si cabe.

Pasaban los huevos por agua en un cazo que ponían en la estufa de la clase y haciéndoles un agujero mojaban pan o los sorbían. Esto lo veía por primera vez y, claro ¡date! ya sabía yo de donde provenían las "lámparas” amarillas y blancas por lo menos; las otras, sobre todo las de las medias y los zapatos lo supe más tarde. Cuando permanecían al lado tuyo un momento ya lo sabías, además de verlas alguna “escapadita”, más de una vez, y allí mismo, en el aula.

Adrián Martín Alonso
AdriPozuelo
Villamanta, Madrid
13/3/2007

miércoles, 9 de enero de 2013

Accidente mortal

Circulaba a gran velocidad por la autovía. Pocos minutos faltaban para el desenlace, aunque esperado cambio, y a su pesar veía que no llegaría a tiempo.
Conectó la radio, pues así al menos oiría el ambiente que sabía que se iba a perder de disfrutar en directo.
El presentador de turno, a voz en grito decía en ese momento: “...los cuartos” y guardó silencio. Comenzaron a oírse los cuatro toques dobles de campanas; cesaron, y comenzaron los tañidos de las doce campanadas.

En el mismo instante que se dejó de oír el primero, sin atenuarse su eco metálico y sin llegar a sonar el segundo golpe de badajo, dos lindos gatitos, rayados de un precioso rubio, sentados en el interior de un cesto de mimbre, sus despiertos ojos mirándole, se interpusieron en su trayectoria.
No pudo sortearlos, pues de haberlo hecho habría derrapado y hubiera salido por un lateral de la autopista a despeñarse por el talud. Pisó el freno pero no pudo evitar el encontronazo.

El golpe fue brutal, mortal de necesidad. Quedó un instante conmocionado, aturdido, pero no lo suficiente como para no poder ver ante él una masa ingente de números, poco antes compacta, que se desintegraba en el espacio.
Días, semanas, meses, todos por los aires; todos se iban al garete. Aferrado al volante con las dos manos, los ojos desorbitados por el asombro, oyó un fuerte golpe sobre el coche. El techó bajó hasta tocarle la cabeza.

Se apeó para inspeccionar qué podía haber sido aquello, comprobando incrédulo como un gran almanaque, con un nuevo año en sus hojas, irremisiblemente se le había venido encima.





Adrián Martín Alonso
(AdriPozuelo)
Sacedón, Guadalajara
2 de enero de 2013

Roscón de reyes

Llevaba oyendo la casi idéntica cantinela desde el día 15 o 16 de diciembre, en la panadería y pastelería del pueblo de al lado, distante 14 km, que es donde voy a comprar el pan y la bollería para el desayuno y la merienda.
Tras de pedir mi pan gallego, cuando me tocaba el turno, entre la dependienta –o la dueña- y yo, se creaba el invariable diálogo. -¿Algo más? -Medio kilo de perrunillas (en alguna ocasión). -¿Un roscón? -No, gracias. ¿Algo más? –Dos napolitanas de chocolate y dos croissants (por ejemplo, en otras ocasiones). ¿Y, un roscón, que están calentitos? –No, gracias. Y ellas: ¡Que están recién hechos! Y yo: -No, gracias. Cada cosa a su tiempo, que aún falta mucho para reyes y ni siquiera es día de trurrones. Yo es que soy muy tradicional, ¿sabe?
Pues nada, que día tras día, cada tres que es cuando voy allí, repitiendo la cantinela del roscón.
Hoy, día 6 de enero, día de reyes ¡por fin! voy a la pastelería-panadería, pido mi pan, y no ocurre nada. Pido unas almendradas y unas piñonadas: y nada. Pido dos trenzas, que aquí son muy buenas –¡y gigantes!-: y nada. Pido un roscón pequeño, sin nata, y nada. Que nada de nada, vamos.
-Lo siento, pero ya no me quedan hoy. Y a las horas que son –eran las 12 y ½ - ya no haremos más, porque los que están en la estufa no dará tiempo a hornearlos para que estén listos antes de la hora de cerrar. Mañana, si lo quiere, se lo reservo que esta madrugada el obrador hará más también, y aunque habrá bastantes, se lo guardo por si acaso se vendieran antes de que usted venga.
No, gracias, mañana es día siete ya.

AdriPozuelo
enero de 2011


miércoles, 18 de julio de 2012



De la Virgen del Carmen la fiesta:
gigantes, cabezudos, pólvora,
con tiovivo, noria y la ola,
dieciséis de Julio es la fecha
que marca indeleble le queda
grabada entre ceja y ceja;
mas, aunque pareciere queja,
no es tal, pero por poder, pueda,
pues es mal recuerdo que deja
lo que escrito al final queda.

Con seis años, -ha ya cincuenta-,
no pudo disfrutar aquel niño,
pues requiere del seso tino
-del cual les faltaba un poquiño-,
por beber, y más de cuenta,
pues al darle de beber vino,
cogió cogorza él, mas sin tino,
pues culpa fue de mala gente,
y no por dar agua de la fuente ,
que fue birra, tinto y albo vino.

Tonto, para reír asaz hizo:
maullar, ladrar y cacarear,
a más de una soez que dijo,
mas esto, a él nadie le cuenta,
pues hasta ahí su recordar,
aunque al parecer hay más,
según el encargado dijo,
como llorar, dormir y vomitar,
en veces que se perdió la cuenta,
al resguardarlo en cobertizo.

Como el Sol en Julio aprieta,
y beodo más de la cuenta,
le llevó en brazos acá y allá
por ver si consigue espabilar,
pues el atardecer se acerca.

¡Ay! ¿Cómo la madre lo ha de tomar?
Para almorzar fue el permiso
y no para emborrachar al hijo
con cogorza de este estilo,
por darle a beber vino
y no agua del botijo;
mejor cosa será el inventar
-y cualquier pretexto valdrá-,
pues a las seis se deja la obra,
y la bronca les echará fijo.

¡Vaya! mal les salió la broma,
pues las fiestas se las perderán,
con gigantes y cabezudos,
la madre con enfado y pesar,
con rabia y malestar los hijos,
pues los obreros sin ver el mal,
óbito pudiéronle provocar,
según el doctor don Julio dijo,
ya que al punto estuvo a entrar
en profundo coma etílico.

Tú, mayor, no has de dar
de beber a un niño vino,
ni siquiera a probar,
cerveza, tintorro o albillo,
pues lo suyo es jugar,
divertirse, que está en edad
de correr e ir detrás
de gigantes y cabezudos.



Adrián Martín Alonso
(AdriPozuelo)
Villamanta, Madrid
16Julio de 2007














La merienda

Era una tarde cualquiera de la década de los cincuenta, donde el año no importa, ni cuenta, aun para el caso que fuera, en que unos cuantos chavales, cinco, cuatro hermanos y un amigo por más señas, tras dejar las tareas cabales, deciden, como hacían algunas tardes, irse al barranco a jugar y también de merienda.

Preparan sus canteros de pan, quitándoles la miga, rociando por dentro de aceite, tomate, pimentón y sal, rica merienda se adivina, siendo que el aceite, además, es puro y virgen de oliva.

En sendas botellas de cristal ya que cantimploras no gastan, echan agua fresca del pozo; envuelven los bocatas en papel de estraza, y con alborozo, con mucho entusiasmo y gozo, meten todo en la talega, ya que el sueldo del padre para mochilas no llega.

Carga uno de ellos al hombro el talego, saliendo de casa luego, andando hacia la retama que hay al comienzo del campo, ya que esconden entre sus ramas las flechas y los arcos, pues debajo de la cama esconderlos no es caso, porque su madre al limpiar, con el preciado arsenal en ocasiones ha dado, se los hace añicos la mujer y se quedan desarmados.

Estos últimos que han hecho -me refiero a los arcos-, son buenos pues de fresno los han montado. Aunque las flechas también lo son, ya que el palo es recto y de cardo, lo que las hace ligeras y certeras como un dardo, añadiéndoles en la punta una piedra y alambre enrollado, quedando así completas, cual ligero venablo armado.

Al llegar al barranco, por el arroyo de Las Cárcavas formado, ven que hay cuatro chavales por sus aledaños jugando. Gritando suben la ladera y entre juncos y retamas bajan vociferando, dando trompicones con las piedras, a los matojos esquivando y junto al borde del arroyo, casi junto a las zarzas, frenando. ¡Estos están como regaderas! Comentan los recién llegados, en lo que a ellos se acercan.

¿De dónde sois? –preguntan los allí hallados- De aquí, ¿y vosotros? –contestan y preguntan a su vez los recién llegados-. De Madrid; hemos venido a casa de unos tíos y aquí..., estamos, jugando, a los indios. Pues a lo mismo nosotros hemos venido..., y a merendar, ya que estamos. Pues nosotros también. Y las presentaciones dejaron.

Tras un corto espacio de deliberaciones y un intercambio de ideas, deciden jugar todos juntos, dejando entre los juncos, y escondidas, todas las meriendas.

¿Qué tenéis en el pan? -quieren saber los madrileños-. Aceite, tomate, pimentón y sal. ¿Y vosotros? -contestan los pozueleños-. Mortadela, chorizo y patas fritas a la inglesa. ¡Pero no os vamos a dar! –dicen con recochineo los forasteros-. ¡Pues bueno! –cortan los otros-.

¿Y de beber qué tenéis? ¡Agua fresca del pozo, que hemos tenido que sacar nosotros! Pues nosotros tenemos naranjada, que no hemos tenido que comprar y en mi casa tenemos más, que compra mi papá.

Los del agua se miraron y sonrieron, sabiendo lo que todos ellos pensaban, que no era otra cosa que en cuanto se descuidaran, los cursis sin merienda se quedaban.
Se decide jugar al escondite, pues así lo decide la mayoría; cinco contra cuatro, los cuales querían seguir jugando a los indios y que los otros les dejasen los arcos y las flechas, pues ellos usaban lanzas, y mal hechas.

Echan a suerte de piedra en mano cerrada, cuál será el que la liga, siendo a uno de los hermanos al que le toca la cuenta. ¡No vale esconderse tras estas zarzas, ni por aquí cerca –dice el contador-, ni a mi alrededor!

Se colocó frente a las zarzas, ya que para hacerlo ante una pared, tendría que ser, al otro lado del arroyo y con los pies dentro del agua. Se tapó los ojos con las manos -¡Pero sin mirar he! Le avisaron- y contó hasta noventa.

En lo que sus hermanos, entre los juncos cercanos se quedaban, los cuatreros –ya que cuatro eran- se van lejos, al no poder quedarse cerca.

Terminada la cuenta y la coletilla de: el que no se haya escondido que se esconda, que allá voy, salió en busca de los escondidos. Y claro, como era normal que sucediera, pues así tenía que suceder, los tres hermanos y el amigo se fueron salvando, y uno a uno le fueron chivando al de la liga, que los cursis se habían escondido lejos; ladera arriba.

Se dirigen los cinco hacia el escondrijo donde escondieron la merienda y abren de los otros la mochila, descubriendo dos cantimploras con naranjada y cuatro bocatas: dos de chorizo, dos de mortadela y dos bolsas de patatas; pero fritas. ¡Ah, y a la inglesa! Donde además de la marca, leíase una singular coletilla, haciéndole a los chicos tanta gracia, que se desternillaron de risa.

En las bolsas leyeron: “patatíbiris fritíbiris”, a lo que el más avispado añadió: para los “chiquíbiris de pozuelíbiris”. Y es que esto les vino al pelo, no fue para menos la cosa, pues bien que les dieron el camelo, al decirles que se escondan.

Tras vaciar la mochila, salieron de allí por piernas, en lo que la otra cuadrilla escondida por allí seguía; lejos, dónde no se sabía, pero sí ladera arriba.

Saltando por entre los juncos el quinteto corría, al tiempo que a voz en grito y al unísono decían: “patatíbiris fritíbiris para los chiquíbiris de pozuelíbiris”. Una y otra vez la letanía recién aprendida así repetían y sin volver la vista atrás. Aunque les hubiese de gustar, el ver la cara que ponían, los dueños de la mochila, al encontrarla entre los juncos y por demás, vacía.



Adrián Martín Alonso (AdriPozuelo)
Sacedón, Guadalajara
12 de junio de 2012


jueves, 3 de mayo de 2012

Carta abierta al "Silencio"

Hay un dicho que dice: "¿Qué culpa tiene el tomate, que estando tranquilo en su mata, llega el hortelano y en arrancándole lo mata?".
Pues esto es lo que me ha pasado a mí, más o menos, pues ya tenía olvidado cierto percance y a ciertas personas que tuvieron mucho que ver en él, o mucho que influyeron aunque les pese o no les guste que se lo digan. Y estas personas son tan ciertas como que son los que ahora quieren interesarse por mí como su hermano, siendo además, los que han venido a "arrancar el tomate". Los que han venido a decirme que lo que escribí en su momento en la entrada que titulo "Silencio", es mentira y que el ladrón he sido yo.

Esto, como es normal, es su punto de vista, egoísta, pero suyo al fin y al cabo. Sobre todo, siendo que al creer que actué robándole a mi madre, es porque los que piensan así, que yo sé que no son todos, al menos eso creo y quisiera que fuere así, son los que en verdad lo hicieron y si no se llevaron más es porque no pudieron, o no quisieron, o entre unos y otros no se dejaron. Sé de cosas que tenía mi madre en su casa y que algunas eran mías, que cuando estuve revisando carpetas de fotos y papeles, después de su entierro, allí no estaban.

Otro dicho dice así: "Cree el ladrón, que todos son de su condición". Sobre todo uno de ellos, o de ellas, porque quizás haya sido una de las "preciosidades" de mis cuñadas, las que decían a su suegra que contase con sus hijos también, a la hora del "reparto" -como si la abuela hubiese ido a dejar la herencia a tan solo unos nietos (a mis hijos) y a los suyos no-, o la/s que querían llevarla a una residencia que ella no quería pisar ni aunque estuviese muriéndose, como así se lo hacía saber cada vez que la hablaban de tema tan fastidioso para ella; de tal forma, que se ponía "mala", enferma cada vez que se iban de su casa y tras haberla soltado la cantinela de marras.

Pues como venía a decir, sobre todo la/el que ha venido a dejar un ruin y rastrero comentario sin dar la cara, escudándose en un "ANÓNIMO". Al menos uno de ellos ha tenido la "gallardía" de decírmelo directamente en un e-mail y, por supuesto, dando su nombre. Que no es que lo haya hecho para darme la razón, porque piensa lo mismo que la/el otra/o, sino porque no estaba de acuerdo con lo escrito y aun cree, tanto él como los otros, que es mentira.

Yo sé, y lo sabía cuando lo escribí, porque me figuraba que alguno, si no todos, lo leerían tarde o temprano, al igual que esto, que no estarían de acuerdo con mi opinión y que les sentaría mal leer eso que decía de ellos, que aunque escueza, porque siempre es así, es la verdad. Y ellos lo saben, pero "puestos a pachas" no lo reconocen.

Si no fue por dinero, a ver por qué fue, si aun no me han devuelto lo que me pertenecía del reparto "sui géneris" que hicieron sin contar conmigo y habiéndose puesto de acuerdo a mis espaldas para ir contra mí.
Yo también expuse en mi momento mi punto de vista y mi opinión, lo mismo que ahora, y si no están de acuerdo, que no lo estarán, me da igual pues ya que me han llamado sinvergüenza, les digo que sí, que tienen razón, pues lo escribo sin vergüenza alguna.

Por el contrario, a ellos parece que sí que les da vergüenza leerlo. Y no sé por qué -aunque el trasfondo sí que lo sé-, porque si lo lee algún extraño, lo más seguro es que no sepa quienes somos y esto lo vean como otra desavenencia más de familia, y además por lo de siempre, por el dinero.

¿Le pagaron a su madre el dinero que le debían algunos, de "créditos" que les hacía? A mí ella me dijo que no, y así lo reconoció hablando conmigo uno de ellos. ¿La atendieron como se merecía, ya que era su madre y necesitaba más atención que la que la dieron? ¿Atendieron a su hermano cuando lo necesitaba, y que de él era el dinero que iba a recibir, y que recibieron ellos, como indemnización por haber muerto a consecuencia del "Síndrome de la colza? ¿Hicieron las tramitaciones necesarias para poder cobrarla?

No. Ni lo uno ni lo otro, que lo hice yo todo. Y si "me la llevé" (según expresión literal de una de mis cuñadas) cerca de mí, fue por eso, porque estuviese atendida, ya que me tenía que desplazar al pueblo donde vivía anteriormente para llevarla al hospital, pues no sé por qué causa -ya que no me lo quiso decir mi madre-, tendría que haber ido sola a ciertas consultas, cuando antes la acompañaba alguna de sus nueras.

Cuando aun vivía en Pozuelo y mi hermano con ella, me tenía que desplazar yo desde Móstoles, que es donde vivía entonces, para llevarlo a urgencias al hospital Puerta de Hiero en Madrid, porque ellos no querían saber nada de él, así como a las revisiones periódicas a las que tenía que acudir al Gregorio Marañón, que de no llevarlo yo, hubiese faltado a ellas y no hubiera tenido el cómputo suficiente de controles como para haber recibido la indemnización.

Que por cierto, fue de 18 millones de pesetas (aunque cuando la cobraron ya fueron 108.000€), cantidad que ellos ni sabían, ni se figuraban que fuese a recibir su madre, por la muerte de uno de sus hijos y que no pensaba darles cuenta de ella. De lo que se arrepintió y se lo dijo, y ahí fue nada la que se prepararon.
Ninguno de ellos quería llevarle al hospital, como tampoco querían visitar a su madre -estando el hijo enfermo en casa- y menos en compañía de sus hijos y sus mujeres, quizás por miedo al contagio, por no decir por otra cosa peor, o más vergonzosa, como para sentir eso por un hermano, que en ellas lo entiendo porque era su cuñado, que para el sentir de ellas es como si no hubiera parentesco.

Incluso en una ocasión fueron a su casa a pegarle, no recuerdo por qué causa -aunque para llevarle a algún sitio que necesitase no fue-, cosa que a su madre le dolió bastante, porque, aunque fuese un "bala perdida", era su hijo y para una madre "un hijo es un hijo", como se suele decir, pero que bien cierto es.
Por el contrario, en algunas "situaciones" o casos, para un hijo una madre "no es una madre", es como si fuese "una señora" que nos maltrató cuando éramos niños. Nos olvidamos que nos ha parido, sobre todo si somos "interesados" y no la sentimos como tal, o la guardamos rencor porque "no nos trató bien".

Me dijo mi madre en una ocasión, aunque me lo refirió varias veces más posteriormente, que mi padre la había dicho, que la había advertido, que del único que podía esperar ayuda en un momento dado era de mí, que de los otros no esperase nada, aunque era a los que más había ayudado, monetariamente se entiende. Tal les vería mi padre para decir de ellos eso. "Bien calados que los tenía", decía mi madre.
Yo tengo la conciencia tranquila con respecto al comportamiento con mi madre -a pesar de lo que hemos "cobrado" cuando éramos chavales- y sobre todo por lo que hice en los últimos momentos; desde que tuvo el accidente hasta que la dejé en manos de los médicos en el hospital, pues en las circunstancias que estaba ya no podía hacer nada por ella.


El pesar que tengo, es que no vi cómo estaba, o no creí que fuese a estar tan mal, esos días antes al fatídico accidente, y eso que todas las mañanas pasaba por su casa para hacerla la compra, además de para hacerla compañía un rato, como así hacía también muchas tardes, ya que apenas vivíamos a 200 metros de distancia.
Que descanse en paz, que descansen los dos, e incluso los tres pues están enterrados junto a mi padre y que me dejen en paz a mí también, como lo he estado hasta hace unos días, pues ya me había olvidado y no quería reavivar resquemores ni sinsabores, ni volver a recaer por reavivar viejas rencillas.

viernes, 10 de febrero de 2012

Estación del Norte o del Príncipe Pío (década de los 50)

Al bajar del tren te recibía el bullicio soberano de una estación central de ferrocarriles: sonidos de locomotoras, sus olores y sus humos, los que casi se masticaban, ruidos estridentes; voces; todo ello muy natural en una estación principal.

El trajín que allí había era frenético. Los mozos de cuerda –aún se les seguía llamando así, aunque ya no se valían del utensilio que les daba nombre-, con sus guardapolvos azules, estrechos por arriba y anchos, muy anchos, por abajo, con su gorra negra de visera, unos, otros con boina, corrían en todas direcciones.

Estos hombres me recordaban a los mieleros de La Alcarria que pasaban por delante de casa, con dos barriletes de madera llenos de miel y el cazo para servirla, sobresaliendo por un orificio de la tapadera, metidos ambos en una alforja de tela gris, colgada de un hombro, y una cesta de mimbre colgada del brazo opuesto, donde llevaban quesos manchegos. Tras apearse del tren por la mañana, callejeaban por el pueblo hasta el atardecer con su pregonar: “-¡¡Ha llegado el mielero!! ¡Miel de la Alcarria! ¡Buena miel y queso manchego!”

Todos los mozos llevaban un carrito de mano, con dos ruedas muy pequeñas, para trasportar las maletas de los viajeros. Unos los llevaban vacíos, otros llenos o con alguna maleta, circulando éstos en dirección contraria a los otros por los atestados andenes.

Los primeros corrían hacia los trenes sorteando a los que íbamos por los andenes, unos indolentes, otros muy apresurados. ¡¡Que voy, que voy!! ¡¡Paso, paso!! Gritaban, avisándote para no ser arrollado. También había unos trenecillos eléctricos con varias vagonetas de plataforma, rodando sobre cuatro ruedas de goma cada uno, conducidos por un hombre que, puesto de pie sobre una pequeña plataforma, iba mirando al frente.

Unos iban a recoger equipajes y otros se cruzaban ya con las plataformas repletas de maletas, sacos, cajas de madera y de cartón, y bultos envueltos en arpillera, cosidas con cuerdas. Tanto los de a pie, como los de los vehículos, hacían carreras por ver quién llegaba el primero a "llenar". Menos el del correo, pues ese tenía la carga asegurada, al igual que las habichuelas.

Corrían hacia los trenes de largo recorrido que llegaban del Norte; nombre propio de la estación, o del Príncipe Pío, por encontrarse en la parte baja de la antigua montaña homónima, que aunque llamada así desde tiempo inmemorial, no pasaba de ser una loma, donde en su meseta quedaban las ruinas del antiguo Cuartel de La Montaña, testigo de excepción de la historia bélica de Madrid, con ocasión de fechas tan señaladas como la del 1808 y la de 1936.

Como pude comprobar en sucesivos viajes, allí –en la estación- confluían los que venían de Santander, El Ferrol, La Coruña, Lugo, Ponferrada, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Burgos, Palencia, Ávila, Segovia, Bilbao, Vizcaya, Vitoria, Irún, Hendaya y otros destinos que no recuerdo, y los especiales como el de Las Rías Altas y Las Rías Bajas, el Talgo, el TAF y el CAF. Estos tres eran los más rápidos, los “ave” de entonces, siendo el primero de invento español –de Oriol- y los dos últimos procedentes de la FIAT de Italia.

El segundo grupo de carretilleros, con sus carritos ya llenos de equipajes y bultos varios, y caminar más lento, se dirigían al despacho de facturación de equipajes o a la parada de taxis, que momentos antes habíase quedado al completo, pues acudían en masa avisados por la emisora de radio que transmitía la llegada de los trenes.

Dentro del recinto de aparcamiento, desde la entrada y junto a la valla, formaban dos filas que bordeaba el interior de éste, terminando ante las puertas de salida de viajeros de la estación. También continuaban por el exterior, pegados al bordillo de la acera que subía hacia la Cuesta y Paseo de San Vicente, una, y la otra, alineados junto al bordillo que quedaba por frente a la estación -junto la acera de la izquierda del paseo-, siendo su frontal hacia la plaza y la retaguardia extendida en dirección a San Antonio de la Florida, nombre que también tomaba el susodicho paseo.

Llegaban a formarse dos filas considerables, alternándose los vehículos de una y otra para entrar a recoger viajeros -cargar, como ellos decían-, según iban saliendo otros ya alquilados. Semejaban a largas hileras de “procesionarias”, ya que quedaban parados muy cerca unos de otros, de tal forma, que parecía que estaban pegadas las delanteras con las zagas.

Al ir pintados de negro y llevar por la parte superior de las aletas, y a ambos lados, una franja roja que iba horizontalmente desde los faros hasta los pilotos traseros, más los destellos y movimientos que se reflejaban en sus superficies, pues el coche lo llevaban limpísimo, al menos por fuera, se hacía más patente la ilusión óptica que los semejaba a dichos gusanos.

Otros viajeros, o pasajeros, bajaban del tren y continuaban por el andén haciendo lo mismo que venían haciendo en sus asientos dentro del vagón; seguir imbuidos en la lectura. Los viajeros leíamos de todo durante el viaje: periódicos, novelas, revistas o libros y así continuábamos algunos por el andén, al encaminarnos a la salida.

Unos nos dirigíamos hacia la parada del metro en el interior de la estación, o bien a la del exterior, sita en el aparcamiento, así como a las de fuera del recinto que quedaban sobre las aceras del paseo, según las preferencias o manías de cada cual. Había quienes decían que, en tal entrada había menos cola en taquillas que en otras. La verdad es que según horas punta, había cola en todas y si no era hora punta, no había espera en cualquiera de ellas, por tanto: ¿no eran manías aquello?

Otros se dirigían a las paradas de autobuses, en el paseo, incluso alguno que otro a tomar un taxi, ya que si lo tomaban dentro pagaban un recargo por el canon de estaciones y aeropuertos que se sumaba a la bajada de bandera.

La mayoría de los lectores íbamos andando sin despegar la vista de la lectura y al igual que los mozos, sorteábamos a los peatones en dirección contraria; adelantábamos, o rebasábamos, a otros que caminaban en nuestra misma dirección, con indolente caminar más acusado que el nuestro; esquivábamos columnas y carritos, e incluso, bajando las escaleras del metro y más allá, seguíamos enfrascados en la lectura. Sí; en el metro; a su salida; cruzando calles y plazas... No sé de otros, pero mi más allá solía ser hasta la entrada del trabajo.

Entre todo este devenir de carritos, trenecillos, peatones y viajeros, desde que se bajaba del tren hasta llegar a la salida, había todo un mercadillo ambulante. Y entre todos ellos, también podíamos ver alguna figura que, taciturna, quedaba en algún andén, con “sus bultos” en el suelo, pegados a sus pies y sentada sobre alguna de sus maletas, en actitud de fastidio, quizás por no haber sido recibida por quien esperaba; aquél familiar o allegado que te abraza, te besa, o te come a besos, hasta la asfixia, apenas desciendes del tren.

Nos encontrábamos con los vendedores de cigarrillos y golosinas, llevando una cesta colgada al cuello, rebosante de mercancía. Éstos incluso subían a los trenes en marcha, antes de su parada final, disputándose la primera venta, como subían a los coches de largo recorrido antes de partir.
También estaban los que con sus quiosquillos móviles –carritos de dos o cuatro ruedas-, te vendían prensa diaria, revistas y golosinas, más otros que vendían mecheros y piedras para los mismos.
También encontrábamos por aquellos andenes, al igual que por cualquier calle o lugar de Madrid, al que arrastrándose sobre una especie de alfombra de goma, o de cualquier otro material -la cual llevaba atada a la cintura pues le faltaban las piernas-, pedía limosna y vendía coplas, o coplillas, y cancioneros.

Dos de estos inválidos –de guerra según rezaba el cartelito que lucían sobre el pecho, junto a alguna medalla al valor-, los domingos y días de fiesta por la tarde iban a venderlas a Pozuelo de Alarcón, por las inmediaciones de la estación y de los bailes de verano “El Pénjamo” y el “Tip-Top”.

Encontrábamos también cerca, o junto a la salida, a la ciega o ciego de la ONCE con su bastón blanco y sus "iguales para hoy". -¡Llevo “la niña bonita”! –decía una- ¡Llevo “el trece”! –contestaba el otro-. Igual los podíamos ver junto a una puerta que junto a una esquina, de la que solían ser asiduos, así como a las entradas de edificios dedicados a diversas actividades.
Inmediatamente después de quedar despejados de viajeros los andenes, eran invadidos por los empleados del servicio de limpiezas, que con sus carritos donde llevaban los baldes de madera, los cepillos con sus largos mangos, escobas y productos de limpieza, se disponían a dejar los coches impecables, dispuestos para ser ocupados por otros viajeros minutos después.


AdriPozuelo (A. M. A.)
Sacedón, Guadalajara
16 de julio de 2011